UNIDAD III. ACTORES DE LA PEDAGOGIA
3.1 LA ESCUELA DE YASNAIA POLANIA DE LEON TOLSTOI
La metodología se basa en un aparente desorden u “orden libre”, nacido de las necesidades de los alumnos y que irá desapareciendo a medida que éstos progresen en conocimiento:
“Cierto tipo de desorden exterior es útil, según pienso yo, y nada puede sustituirlo, por muy raro e incómodo que pueda resultar al que enseña”
En Yásnaia Poliana la actividad dura todo el día. Las “materias” que se desarrollan son historia sagrada, historia de Rusia, geografía, música, etc. Tolstói creó varios métodos de lectura y escritura progresivas. Todo el aprendizaje se basaba en la enseñanza mutua y el trabajo cooperativo.
La
Escuela que recibió el nombre de Yasnaia Poliana fue fundada en 1859 en una
finca de su propiedad, constituye uno de las primeras experiencias de escuela
libertaria y antirrepresiva. Para Tolstói la metodología y el fin de la
educación es la libertad: así Yásnaia Poliana es una escuela abierta a todo el
mundo, donde no existe ningún tipo de obligación: no hay ni horarios ni
programas ni disciplina. Tampoco hay premios o castigos y los exámenes están
excluidos.
La metodología se basa en un aparente desorden u “orden libre”, nacido de las necesidades de los alumnos y que irá desapareciendo a medida que éstos progresen en conocimiento:
“Cierto tipo de desorden exterior es útil, según pienso yo, y nada puede sustituirlo, por muy raro e incómodo que pueda resultar al que enseña”
En Yásnaia Poliana la actividad dura todo el día. Las “materias” que se desarrollan son historia sagrada, historia de Rusia, geografía, música, etc. Tolstói creó varios métodos de lectura y escritura progresivas. Todo el aprendizaje se basaba en la enseñanza mutua y el trabajo cooperativo.
3.2 LA ESCUELA MODERNA DE BARCELONA DE FERRER GUARDIA
La
trayectoria intelectual de Francisco Ferrer Guardia refleja muy bien los
problemas y las aspiraciones de una generación de europeos cuya juventud ve
desarrollarse, sobre las cenizas ensangrentadas del gran sueño socialista de
1870, la Tercera República francesa de Thiers, construida sobre el terror
blanco y la ejecución sumaria de miles de activistas communards. Una generación
que observa, asombrada, la desenfrenada carrera imperialista de las potencias
occidentales en África, Asia y América central y del sur, y la intensificación
de la lucha de clases que enfrentan a las instituciones y grupos capitalistas,
amparadas en el Estado, con una clase obrera influenciada por socialdemócratas,
sindicalistas revolucionarios y anarquistas. En los medios avanzados, no sólo
anarquistas, la cuestión de una instrucción liberadora de conciencias,
formadora de la humanidad de hombres y mujeres, era una pieza central del
debate público. La educación, como el arte o la ciencia, no podría ser cosa de
minorías y para minorías, sino que el verdadero arte y educación populares eran
el arte y educación para el pueblo y con el sostén del pueblo, de la
colectividad. El historiador francés Jean Maîtron sitúa entre 1897 y 1914 el
momento en que la problemática educativa suscitó el máximo interés en los
medios anarquistas. En Francia —donde Ferrer Guardia vivió unos cuantos años en
el exilio— el modelo principal inmediato lo constituía las experiencias de
educación activa e integral y de coeducación iniciadas por Paul Robin en el Orfanato
de Cempuis, siguiendo el camino trazado por Proudhon. En 1898, a sugerencia de
P. Kropotkin se creó un comité pro-enseñanza anarquista, con el propósito de
hacer frente a lo que este grupo consideraba la enseñanza religiosa y burguesa
dominantes. En dicho comité, además del proponente, estaban J. Grave, L.
Tolstoi, Ch. Malato, J. Ardouin, L. Michel y E. Reclus. La iniciativa
pro-enseñanza libertaria de 1898 adoptaba el principio de una educación
verdaderamente integral, racional, mixta y libertaria, es decir,
escrupulosamente respetuosa de la libertad, y por lo tanto, contraria a una
disciplina basada en el disimulo y la mentira, contraria a los programas
escolares anuladores de la originalidad, la iniciativa y el sentido de
responsabilidad en educadores y educandos, y, finalmente, contraria a las
clasificaciones que motivan rivalidades, celos y odio. Propuestas como la
Escuela Moderna de Ferrer o la institución del militante libertario Sébastien
Faure (1858-1942) de sugestivo nombre —La Ruche (La Colmena)— entre 1904 y
1917, que apostaba por el método cooperativista, en anticipación de Célestin
Freinet, sin olvidar a la también francesa Madeleine Vernet con su institución
L’Avenir Social (1906), siguiendo los pasos de Paul Robin, ponen en evidencia
que el programa internacional pro educación libertaria de 1898 no había caído
en saco roto. La Gran Guerra de 1914, el ascenso de la revolución bolchevique
pero también el afianzamiento del modelo capitalista made in USA, que ha
llevado al ensanchamiento de capas medias de la población y a una dilución de
la identidad de las clases obreras tradicionales, fueron obstáculos del
desarrollo de una cultura como la libertaria. Poco a poco se va forjando un
clima de individualismo salvaje —el que envuelve nuestra actual civilización
neoliberal— donde las ideas sobre cultura y educación propias de la tradición
anarquista constituyen un elemento más del gran «ruido» mediático. La historia
demuestra que las ideas libertarias «han funcionado». La revolución española de
1936 tuvo una componente anarquista de primera magnitud y apostó, qué duda
cabe, por el valor liberador desde el punto de vista individual y colectivo de
la educación integral en una escuela nueva en la que, en palabras del principal
responsable de la reorganización educativa en Cataluña durante la Guerra Civil,
Joan Puig Elías: Se ha impuesto la más absoluta prescindencia de toda tendencia
u orientación política. La Escuela Nueva respeta la personalidad del niño.
Creemos que deben probarse todos los métodos, optando siempre por el que más
convenga según las características locales, la naturaleza y carácter de cada
niño, etc.
Hay
que probar todos los métodos, se dice, hay que desarrollar una pedagogía
creativa, que incorpore lo bueno del experimentalismo de la Escuela Nueva y que
tenga en cuenta la complejidad de la condición humana, que no es sólo razón,
sino que también es sentimiento y sensibilidad estética, realización por el
trabajo y por el arte. Este tipo de consideraciones prueba que a estas alturas (a
casi tres décadas de Ferrer Guardia), la tradición anarcosindicalista
consideraba ya el término escuela racionalista como un concepto en cierto modo
algo limitador, si no superado. Se prefería insistir en la idea de que el plan
de enseñanza libertaria debía ser integral. Se prefería, en efecto, pivotar en
torno al concepto de integralidad pedagógica, más central en el movimiento
libertario que el de racionalismo educativo, desde los días de Mijhail Bakunin,
promotor ya de una educación racional e integral, consistente no sólo en la
instrucción intelectual y moral, sino antes que nada (primordialmente) en la
influencia positiva del medio, la influencia de aquello que perciben los
sentidos, la higiene, el alimento, de modo que cualquier ser humano viene a ser
el producto puro del mundo que lo ha forjado, que lo ha nutrido. Instrucción
integral equivale a educación igual para todos, que prepara para una vida
intelectual y de trabajo para ambos sexos. Comporta una integración real del
saber intelectual y del manual. Educando así se supera, según Bakunin, la
nefasta división del trabajo, fuente de la desigualdad y de la injusticia
social, y se superan los intereses clasistas en la medida en que moviliza el
saber científico y tecnológico a favor de la sociedad en su conjunto. Pero una
educación completa e integral, que armonice lo manual y lo científico con lo
humanístico, como la que soñaran Bakunin, Kropotkin y otros libertarios
conspicuos, no puede prescindir del toque de realidad que supone la exigencia
de una buena enseñanza básica hasta los diez años, basada en la libre actividad
infantil y en la creatividad. Para Kropotkin los niños gustan de hacerse sus
propios juguetes. Les apetece imitar el trabajo de los adultos cuando los ven
en acción. Y, a pesar de ello, los padres ignoran con gran estupidez esta
tendencia al trabajo manual de sus hijos y prefieren que estudien historia
romana o el sistema de Benjamín Franklin para lograr una fortuna, ya que
consideran que trabajar es propio de las clases inferiores2. El mayor activo de
la tradición pedagógica racionalista o integral en el anarcosindicalismo acaso
radique en el hecho de que durante varias décadas, y en contextos difíciles, de
conflictividad social aguda, se fueron ensayando en la clandestinidad y perfeccionando
unos métodos. El pedagogo catalán Joan Puig Elías consideraba en julio de 1937
que Ferrer fue «el gran maestro», pero que Ricardo Mella le superó luego. Uno y
otro diseñaron el itinerario de los problemas educacionales, que posteriormente
otros educadores de orientación anarquista, «modificando los posibles fallos,
pero tratando de llevar a la realización los nobles ideales que les alentaron».
Se ha considerado a veces que la gracia, la fuerza y la originalidad de la
corriente pedagógica libertaria que toma como base el legado ferreriano acaso
consista en la característica de no tratarse de una teoría pedagógica de
laboratorio o de departamento universitario o de instituto de ciencias de la
educación académico, sino de intentar encarnarse en formas organizativas
vinculadas a la cultura popular y a la vida cotidiana. Los anarcosindicalistas
en situación de animar y orientar una sociedad transformada de acuerdo con los
anteriores principios filosóficos y políticos, se plantearon formas de
actuación pedagógica vanguardista, no sin contradicciones a veces acusadas
(como la misma falta crónica de docentes preparados tanto desde el punto de
vista teórico como profesional, y de aquí las propuestas e intentos recurrentes
de creación de escuelas de formación de docentes y de militantes). Propusieron,
cuando estuvieron en situación de implementarlas, actuaciones de sentido común,
como por ejemplo profundizar en la forma de vincular a los niños de las
distintas escuelas de una región, mediante sistemáticos intercambios escolares
que sirvieran no sólo para aumentar los conocimientos de los niños, sino sobre
todo para incentivar «la cordialidad, la solidaridad y el afecto entre los que
mañana serán hombres formados y conscientes». Para ello se procuraba vincular a
madres y padres de alumnos a las escuelas, fomentando las asociaciones de
padres y amigos de la escuela, asegurando así una eficaz colaboración
familias-educadores. Por otro parte, el anarcosindicalismo en situación
política hegemónica se propuso un plan general de enseñanza basado en la idea
de continuidad y unicidad escolar, animada, como se ha dicho, por el principio
de educación integral. El resultado fue un proyecto educativo bien generoso.
Decía el cenetista que presidía el Consejo de la Escuela Nueva Unificada en
1937: Queremos la escuela sin solución de continuidad. Queremos que desde que
el niño entra a la escuela hasta que salga de los Politécnicos o de las
Universidades, su aprendizaje no sufra interrupciones. [...] Lo que la Escuela
Nueva Unificada se propone es independizar al niño de la condición económica de
los padres. Sean los padres ricos o pobres, el niño tiene derecho a la escuela,
al estudio, a la ciencia, al arte
No
sorprende por ello el énfasis dado en el seno del anarcosindicalismo a las
escuelas de preparación técnica profesional, uno de cuyos objetivos sería
complementar la competencia de los obreros para estabilizar los avances
sociales operados en las distintas industrias. Y, junto a la formación técnica,
la ideológica: los sindicalistas ácratas proponían la creación de Escuelas de
Militantes donde se impartieran estudios especiales, tales como filosofía,
historia, economía, sociología, política, idiomas, geografía o matemáticas,
dando por sentado que dichos estudios serían organizados por los sindicatos, en
particular aquellos que profesionalmente estuvieran capacitados para ello,
previo estudio económico sobre si las Escuelas debían ser locales, provinciales
o regionales, sobre las características del profesorado y el alumnado, sobre el
currículum y la duración de los estudios, sobre la viabilidad económica de su
instalación y sostenimiento, sobre la cantidad que correspondería pagar a cada
sindicato, de acuerdo con el número de afiliados. Esta institucionalización de
la pedagogía técnico-profesional obrera en escuelas sindicales era vista en
conexión con una decidida línea de extensión universitaria que implicaba el
recurso a conferencias de divulgación científica y educativa, que permitieran
elevar el nivel cultural de los trabajadores, estimulándoles para el estudio,
así como para intervenir en el mundo de la información de masas y del control
de la propaganda
3.3 LA ESCUELA SUMMERHILL DE NEILL
Alexander Sutherland Neill
fundó la Escuela de Summerhill, conocida por su defensa de una educación basada
en la libertad y el autogobierno. Neill nació en Forfan, Escocia, el 17 de
octubre del año 1883 y murió el 23 de setiembre de 1973 en Aldeburgh. Fue el
cuarto hijo de una familia de trece hermanos. Su padre, maestro de maneras muy
tradicionales, tomó durante algún tiempo a su hijo como ayudante en sus clases.
Más tarde Neill entró en la Universidad de Edimburgo y se graduó en el año
1912. Tras algunos breves trabajos, fue director de la Gretna Green School en
Escocia. Su experiencia en esta escuela se recoge en su primera obra: Dominie’s
Log (1916). Allí empezaron a madurar sus ideas en favor de una educación no
autoritaria. Principios que se verían reafirmados tras la visita, en el año 1917,
a la comunidad de jóvenes delincuentes, Little Commonwealth, dirigida por Homer
Lane. Allí pudo observar el funcionamiento de una institución educativa que
aplicaba el principio del autogobierno. A partir de este momento se inicia la
historia inmediata de Summerhill. Primero en Hellerau, un suburbio de Dresden,
Alemania, donde realizó en el año 1921 su primera experiencia como parte de una
escuela internacional llamada Neue Schule. Tres años más tarde, la escuela fue
trasladada a Sonntagberg, Austria, donde pronto fue cerrada porque su
currículum poco convencional y las formas peculiares de entender la educación
chocaron con las autoridades locales y los campesinos de la zona. En 1923,
Neill se trasladó a Lyme Regis, Dorset, en Inglaterra. Instalados en una casa
llamada Summerhill, la escuela empezó a adquirir sus rasgos más
característicos. Sin embargo, no fue hasta 1927 cuando realizaron el último
cambio de domicilio y marcharon a Leiston, Suffolk. Definitivamente instalados,
Neill dirigió la escuela hasta su muerte. A partir de este momento tomó la
dirección, que en realidad ya compartía, su segunda esposa Ena, y desde 1985
hasta la actualidad la dirige Zoë Readhead, hija de Neill y ex-alumna de
Summerhill. La escuela alcanzó reconocimiento mundial durante los años sesenta
y setenta y el libro de Neill, A Radical Approach to Child Rearing (1960),
entre nosotros simplemente Summerhill, se vendió por millones en varias
lenguas8. Desde entonces la obra teórica y práctica de Neill es un referente y
una fuente constante de controversias. Pocas escuelas han podido imitar el
sistema de Summerhill y muchos educadores y educadoras han reflexionado sobre
su tarea a partir de las propuestas de Neill.
3.4 LA PEDAGOGIA INSTITUCIONAL EN FRANCIA
La
pedagogía institucional o autogestión pedagógica nace en Francia en los años
sesenta, se desarrolla con fuerza durante unos veinte años y luego va perdiendo
empuje pese a su reconocimiento universitario. La pedagogía institucional
pretende poner en manos de los alumnos las instituciones de la clase que
realmente pueden gestionar por sí mismos, de manera que sean ellos quienes
organicen el grupo-clase en los aspectos que se refieren al trabajo y a la
convivencia. Esta primera aproximación esconde una historia compleja y un conjunto
de aportaciones muy amplio y rico18. El origen remoto de la pedagogía
institucional debe situarse en el interior del movimiento fundado por C.
Freinet. A finales de los años cincuenta se producen ciertos conatos de crítica
que enfrentan a un grupo de docentes parisinos con el núcleo central del
movimiento Freinet que se encuentra en Cannes. La ruptura fue debida a cierto
distanciamiento entre un movimiento de origen rural y las preocupaciones
urbanas y, sobre todo, a una dificultad por integrar las aportaciones de las
ciencias humanas y del psicoanálisis al trabajo del aula. En 1961, Raymond
Fonvielle y Fernand Oury son excluidos del movimiento Freinet. Pronto el recién
creado grupo de pedagogía institucional sufre a su vez una nueva división que
opone a los protagonistas de la primera escisión. Por una parte, F. Oury y A.
Vásquez se centran en el trabajo en la escuela primaria, mantienen las técnicas
Freinet, otorgan un papel central al consejo de clase o asamblea, incorporan
algunos elementos de dinámica de grupos y, sobre todo, dan a sus trabajos una
dimensión terapéutica. Sus libros están repletos de monografías que analizan el
desarrollo de algunos de sus alumnos. Por otra parte, Fonvielle encabeza una
tendencia que contará con las aportaciones de G. Lapassade, R. Lourau, M.
Lobrot y R. Hess, entre otros. Es un conjunto de autores que no se fijan
exclusivamente en la escuela, sino que intervienen en otras organizaciones
educativas y sociales. Además, cuando analizan la clase y sus instituciones
internas, están interesados en conectarlas con el contexto social y político
que les da sentido. Las aulas reflejan las estructuras de poder de la sociedad
y lo inoculan en la conciencia de los alumnos. Finalmente, el grupo elabora una
detallada propuesta de intervención educativa que consta de dos fases: el
análisis institucional y la autogestión pedagógica. Una propuesta aplicable a
cualquier organización social. Probablemente, y pese a la escisión, entre estas
dos tendencias hay muchos más puntos de contacto y perspectivas complementarias
que oposiciones irreconciliables. Por tanto, vamos a presentar esta síntesis de
modo conjunto y sin distinguir la procedencia de las distintas ideas. El núcleo
principal de ambas tendencias gira en torno del concepto de institución19. Un
concepto con múltiples significados: . La institución comosistema
jurídico-político(legislación, organismos del Estado). . La institución como
instancia social (escuela, familia). . La institución como conjunto de
prácticas sociales (asamblea escolar, trabajo en grupo).. La institución como
artilugio (imprenta, pizarra, tarima).. La institución como sistema de
comportamientos y pensamientos (rutinas y hábitos, pautas y normas,
ideologías).. La institución como elemento inconsciente (super Yo, carácter).
Además
de polisémico, el concepto de institución es dialéctico. La institución no
refleja únicamente el momento de lo instituido o de lo que ya existe, sino que
se refiere también al momento de lo instituyente o de la fuerza que anuncia y
realiza lo que puede llegar a ser. La idea de institución abarca lo que es y lo
que todavía no ha llegado a ser. La institución abre las puertas a la negación,
a la transformación, a la creatividad social y a la autogestión. Finalmente, la
institución es un espacio de confrontación social. Y lo es porque a su nivel
cristaliza el poder político y económico, pero también define el espacio de
operaciones de la imaginación crítica y creadora de los individuos y los
grupos. Es, en consecuencia, un terreno adecuado para impulsar el cambio
social. Pero además las instituciones, y en especial las instituciones
escolares, son agentes educativos; son el agente pedagógico por excelencia, por
encima incluso de los educadores personales. El conjunto de instituciones que
frecuenta un sujeto le educan en los aspectos más esenciales de su existencia.
Por tanto, la pedagogía debe centrar su intervención en este nivel. Así lo hizo
la pedagogía institucional. Primero, intentando optimizar o educar las
instituciones —no serán formativas si ellas mismas no son previamente
reformadas— y, luego, sometiéndolas al análisis institucional y a la
autogestión pedagógica.
¿Qué
entendemos por optimización de las instituciones educativas? En este momento de
la acción pedagógica aparece con toda su fuerza la tradición freinetiana. Se
trata de transformar el medio institucional llenándolo de nuevas instituciones
como la imprenta, el texto libre o la asamblea de clase. Instituciones que
pueden movilizar a los individuos y a los grupos, que liberan sus fuerzas
creativas y los convierten en verdaderos sujetos. Una parte de la pedagogía
institucional trata de idear o aprovechar instituciones que permitan
incrementar la libertad de los alumnos. ¿Qué entendemos por análisis
institucional y autogestión pedagógica? Se trata de una propuesta cuya
principal pretensión no es introducir nuevas instituciones en el aula, sino
analizar y transformar las existentes, y hacerlo a partir de la libre
participación de los educandos. La pedagogía institucional trabaja en dos niveles
de modo simultáneo: el análisis y la autogestión. Pero la condición previa que
ha de permitir desbloquear esas dos vías es la eliminación del poder absoluto
que en las situaciones educativas tradicionales ostenta el profesor. Los
educadores deben abandonar su posición de autoridad en los ámbitos del saber,
la afectividad y el poder. El educador debe ser un facilitador del análisis y
de la autogestión. Cuando se da esta primera condición, la clase puede liberar
el pensamiento y la palabra; puede empezar a analizar las formas escolares que
viven y desvelar sus dependencias ocultas. Mediante el análisis se trata de
poner en claro las funciones ocultas de las instituciones internas y externas
de una escuela y, sobre todo, se trata de esclarecer cuál es la posición de
cada sujeto en el seno de tales instituciones. Estamos ante un proceso de
crítica socio-política y de toma de conciencia personal del rol de cada sujeto
en este juego interpersonal, social y político que es la vida en un aula
escolar. La reunión del grupoclase es la instancia privilegiada donde se
realiza el análisis. La disolución del poder adulto y el análisis de las
instituciones escolares incrementan el espacio de libertad de los alumnos en el
ámbito de lo que les resulta accesible: las instituciones internas de la clase.
Es el momento de poner en manos de los alumnos todo lo que es posible poner
para que mediante prueba y error creen nuevas instituciones internas. Es el
momento de abrir un espacio a la creatividad, a la toma de decisiones, a la
realización de tales opciones y a su posterior evaluación y modificación; es el
momento de la autogestión. La conducción de este proceso por parte de los
educadores requiere la limitación de su poder, pero también una actitud de
tranquilidad que demuestre la aceptación real del proceso de autogestión. Y
luego un conjunto de capacidades cotidianas: La capacidad para presentar la
experiencia. La capacidad para mantenerse en silencio cuando el grupo le pide
que recupere el poder y le salve de la angustia. La capacidad para esperar
hasta que las demandas del grupo no sean fruto del miedo sino de la búsqueda de
informaciones que le ayuden en su proceso creativo. La capacidad de iluminar el
proceso del grupo mediante análisis no directivos que le devuelvan su imagen en
ámbitos como la organización, el trabajo o las relaciones. Finalmente, un
educador debe saber que una clase autogestionada vive un proceso que no siempre
es fácil; el orden y el trabajo no imperan desde el primer momento. Por el
contrario, las clases suelen pasar por una etapa de despiste, desorganización y
agresividad, luego logran organizarse, más tarde pueden entrar en un período de
trabajo y actividad y, finalmente, suelen vivir con pena la separación. El
aprendizaje de la libertad puede dar miedo y como todo saber significativo su
logro exige esfuerzo.
3.5 DE LA ESCOLARIZACION A LA DESESCOLARIZACION: IVAN ILLICH
El
derecho a la educación constituye uno de los hitos fundamentales de la
evolución de nuestras sociedades en su progresiva estructuración como Estados
democráticos. Las necesidades de formación generadas por nuestros sistemas
sociales y productivos han empujado hacia el objetivo de la generalización de
la educación. También la ha empujado la voluntad de grupos y agentes sociales
convencidos de la posibilidad de mejorar la condición de vida de las personas a
través de la educación, como aquellos visionarios del siglo XIX que deseaban
para las clases trabajadoras la fórmula de «los tres ochos»: ocho horas de
trabajo, ocho de formación y ocho de descanso.
En
el transcurso de los años la educación se ha ido, pues, generalizando. No
obstante, los informes de los organismos internacionales y de las
organizaciones no gubernamentales dedicadas a la educación re tratan con
claridad el agudo contraste entre los diferentes países del mundo por lo que respecta
a las dificultades o facilidades de acceso a la educación según en qué parte
del planeta nos situemos. En términos generales, este derecho a la educación de
los más jóvenes se ha ido configurando alrededor de la obligatoriedad de
asistencia a la escuela. En estos momentos, muchos países del mundo sitúan la
obligatoriedad hasta la edad de los dieciséis años; en otros, llega hasta los
dieciocho. Los sistemas educativos desarrollados para asegurar la
escolarización de niños y niñas y el funcionamiento de las instituciones
escolares se han convertido en enormes estructuras en términos organizativos y
burocráticos y suponen una parte importante del presupuesto de muchas naciones.
Pues bien, el proceso histórico que convierte el derecho a la educación en la
obligación de escolarizarse, así como la construcción social que identifica
educación con escolaridad son realidades que han sido severamente contestadas
por un grupo heterogéneo de autores que situamos bajo el nombre genérico de
partidarios de la desescolarización. En síntesis, la opción desescolarizadora
sostiene que la escolaridad es un falso servicio público que priva a las
personas de la alegría de aprender. Los partidarios de la desescolarización
creen que es legítima una educación sin escuelas, que son más útiles los
aprendizajes sin instituciones que se encarguen de ellos, y que es posible la
abolición de la obligatoriedad. En las páginas que siguen a continuación
situaremos brevemente los argumentos básicos de esta crítica radical a la
escolaridad.
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